El Espejo
Un contemplador sutil que viaja sin rumbo, y encima hacia lo desconocido.
Una terapia andante de depresiones sombrías; una vida que no para nunca por su propiedad inercíatica.
Las palabras, las invento yo, y las bautizo con agua del deshielo, fría como una roca. Yo despreparo la idea, y configuro la incertidumbre.
Atascada quedo el desarrollo de un escrito, en el cual no escribo nada. Es verdad que también soy extremista. Siempre demuestro de esa manera que hay cosas más importantes que otras. Si no hay que escribir, no se escribe. Si no hay que hablar, no se habla. Si no hay que ver, no se ve. Pero siempre se escucha y se piensa, de ahí que todo deviene en una especie de “terremoto interno”.
Ya se que el latiguillo es fácil e irónico; pero mi crítico esta dormido o ya no transmite bien lo que le causo.
El sentimiento de lástima, es desmerecer al otro como Ser Humano, por eso casi nunca lo siento, o lo aplico.
La poca audacia de estas líneas reside en el “sacrificio japonés” de su necesidad.
Son muy pocos los que se atreven a poner su pasado sobre la mesa y contemplar ese animal sangriento. Que era feo, tenaz, flaco y seco, oscuro, como palos. Yo nunca supe hasta mucho más tarde, que quizás conocía la cara salvaje de una cierta felicidad.
Todo esto murió, ya ni siquiera agoniza, ya no existe.
La nueva sensación, el nuevo sentimiento tiene un poder inmensurable; me quedo con él, con ella, hasta el fin, hasta la eternidad. Aunque a veces embriagados de nosotros, no sepamos si esto que somos es identidad o despojo.



